CELEBRANDO LA VIDA

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TONY CASTELLANOS CON EL COLECTIVO SENDERO DE LUZ

12.9.14

Respuesta a Rafael Lara Martínez, Contra El Salvador

Ricardo Lindo
 
El Faro / Publicado el 10 de Septiembre de 2014
El escritor Ricardo Lindo retoma el debate provocado por el también escritor e investigador Rafael Lara Martínez a propósito de la figura de uno de los clásicos de la literatura salvadoreña, Salvador Salazar Arrué (Salarrué). Lindo pone en contexto la obra y la vida del autor de Semos malos frente al martinato.
 
Es la más bella y cruel de las patrias. También la más estúpida. Y no me refiero a las maras, diagnosticadas por la CIA como una mafia segunda. Eso  prueba algo: que esos cabecillas capaces de poner en jaque a la mayor policía del mundo son seres de una extraordinaria inteligencia. Si el país les hubiera dado la posibilidad de desarrollarse, de ser en otras esferas, ¿no hubiera esa inteligencia podido dar otros frutos? Y cuántos de los que se han ido de mojados han ido a dar en otras tierras lo que a nuestra patria hubieran podido dar. Pero ahora te odio, patria, no por esos muchachos asesinos y locos a los a los que, al cabo, previamente arrojamos a la basura. Porque un pobre, al parecer, nada vale. Pero no todo rico es malvado por serlo ni al revés. Pero te odio patria por ver tanto egoísmo, tanta indiferencia, tanta falsedad en este ámbito y en el otro.
 
Aclararé primero que no soy comunista ni lo fui jamás. Pero no me parecen bien esos nacionalistas que aspiran a convertir a El Salvador en una tumba: basta y sobra con el horror de 1932 y con el de la pasada guerra y no puedo creer que eso sea amor a la patria.
 
Voté en su momento por el presidente Flores. Pensé qué, siendo un hombre culto, daría importancia a la cultura. No fue así. Por iguales razones voté por el presidente Funes. Cometí el mismo error. Y la vez siguiente di mi voto al presidente Sánchez Cerén pero, en realidad, no votaba por él sino contra ARENA. Y lo hice así porque me escandalizó que Francisco Flores nos declarara riéndose ante las cámaras de televisión que no había robado quince millones sino mucho más. Y eran millones destinados a los más desfavorecidos. Y después de eso fue asesor de campaña del candidato conservador. Pero han pasado los meses y vuelve riéndose ante las cámaras a darse a la supuesta justicia que lo deja en libertad condicional. Antes el fiscal había dado largas a su caso, presumiblemente para que prescribieran los cargos en su contra, y tardó meses, tras muchas presiones, en ordenar su captura. Cabe pensar que el fiscal es su cómplice. Pero al expresidente que abiertamente se ha reído de todos nosotros, cabe pensar que le ha de haber conmovido la imagen de su hijo llorando y jurando que no ha robado. Eso nos habla de la grandeza de un joven que ama a su padre, no de la suya.
 
Y vemos a nuestros empresarios que abren hoteles en Colombia y otras cosas así, en lugar de dar empleos a los salvadoreños que tanto lo necesitan. Puede mucho la lista alargarse. No la alargaré.
Vamos a otro caso. La intelectualidad salvadoreña.
Vamos a Salarrué.
 
Salarrué (1899-1975) vivió siempre en pobreza, que llegó a ser mediana pobreza gracias a su primo, don Francisco Núñez Arrué, el fundador de la colonia Escalón, quien lo obsequió una vivienda. Fue Salarrué una de las personas más humildes, bondadosas y sabias que haya conocido en mi ya dilatada existencia, y su humildad era tanto más apreciable en su caso por ser el autor de un arte inmenso. Pero Rafael Lara Martínez, letrado de mérito sin duda, a quien alguna vez consideré mi amigo, se ha dado a la tarea de detraer a los intelectuales de la primera mitad del siglo veinte y a Salarrué en particular.  
Tengo el honor de dirigir la revista ARS de la Dirección de Investigaciones de la Secretaría de Cultura. Quienes deseen ir más lejos, pueden consultarla en línea en cultura.gob.sv, donde se reproducen textos de y sobre nuestro gran escritor a los que aludiré. Van  en cuenta fragmentos de una tesis universitaria presentada por una estudiosa catalana, Marta Sánchez Salvá, la primavera de este año, ni más ni menos que en Noruega (ARS No.6). Es algo que debiera hacernos sentir orgullosos a los salvadoreños más allá del fútbol de playa del cual también me enorgullezco.
Rafael jamás vivió las limitaciones que Salarrué vivió ni tiene la humildad que dice tener.
“Si anhelara glorias mundanas y canonización futura, desde Guatemala en 1937, los clásicos me indican el camino a seguir. El arte que se halla al servicio del poder me asegura alabanzas imperecederas, inmediatas y por venir. No obstante, como mi condición terrenal me resulta secundaria —porque “el mundo es un país extranjero”— me interesa mantener una posición crítica frente al poder y toda creación cultural que se declare neutra. Por ello, por esta actitud de análisis que no doblego ante la lisonja ni la ternura, permaneceré en el desierto de Aztlán siempre, al lado de los habitantes de Comala…” escribe Rafael Lara Martínez (ARS No.6).
 
Pero él pretende vincular a Salarrué con la masacre del 32 porque era teósofo como el general Martínez y resta importancia al hecho de que Salarrué escribió un artículo lamentando el fusilamiento de un amante de la libertad, su amigo Agustín Farabundo Martí, uno de los líderes del levantamiento que dio lugar al posterior genocidio. Salarrué lo publicó durante la dictadura del general.
Y, quien haya leído algo sobre teosofía (no soy teósofo tampoco), sabrá que ningún cuerpo de pensamiento está más lejos de avalar una masacre. Hay cristianos, judíos, musulmanes, que creen encontrar en sus libros sagrados textos en nombre de los cuales les es lícito emprender atrocidades. Un teósofo no.
 
En su RESPUESTA A LOS PATRIOTAS (ARS NO.5), que Rafael cita deformándola irresponsablemente, Salarrué toma distancia con tirios y troyanos. Dice no tener patria, sino un terruño, Cuscatlán. Pero él creó para nosotros una patria espiritual, retomando el habla de los campesinos para referirnos la belleza del agro y la dignidad humana de sus pobladores, y jugó a las chibolas con los niños para escucharlos hablar y darnos uno de los más bellos libros de nuestra historia, CUENTOS DE CIPOTES. Y retomó el arte de los indígenas de antaño para hacer hermosos lienzos. Buscó la patria en lo lejano, en lo pobre y en lo inocente.
 
Ya él lo apreciaron tirios y troyanos. Lo alabó Gabriela Mistral gracias a la cual fueron  publicados en Chile sus CUENTOS DE BARRO. El mismo libro fue publicado en la Cuba de Fidel Castro bajo los auspicios del más emblemático escritor de la izquierda salvadoreña, Roque Dalton. Este año 2014 se incorporó su legado al registro Memoria Mundo de la UNESCO. Y ahora resulta que en 2014, a casi cuarenta años de su muerte lo estudian en Noruega. Y Rafael Lara Martínez pretende que todo esto sucede porque un libro suyo se expuso en Guatemala en 1937 junto a otros de autores salvadoreños bajo los retratos del general Martínez, de Ubico, de Mussolini. Y sugiere que eso y el hecho de haber sido teósofo lo hace cómplice del general.
 
Rafael, de todos modos, no hace arte, ni bueno ni malo, ni al servicio del poder ni al de nadie. Pero él es Premio Nacional de Cultura y profesor bien pagado en los Estados Unidos. Él puede decir locuras, por supuesto, y la libertad de expresión es importante. Pero que los medios letrados de El Salvador lo publiquen y le paguen viajes para dar conferencias en universidades es otra cosa. Eso habla mal del país. Muestra cuan desagradecido es con nuestro gran artista de la palabra y de la imagen.
Hice este reclamo a Carlos Henríquez Consalvi, director del Museo de la Palabra y la Imagen. Respondió que él le había dado cabida a Rafael poniéndole siempre un crítico a la par. Otros no tienen esa excusa ni ninguna. Quizá, como en el célebre cuento de Hans Christian Andersen, se niegan a reconocer que “el Emperador va desnudo…”

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