CELEBRANDO LA VIDA

CELEBRANDO LA VIDA
TONY CASTELLANOS CON EL COLECTIVO SENDERO DE LUZ

30.7.13

Salarrué: El otro en lo mismo = “El indio adentro”



Rafael Lara-Martínez *

Ahora es 'Catleya luna' (1974) la obra de Salarrué que recibe la atención crítica de Rafael Lara-Martínez. El autor, desde su perspectiva, descifra ciertos códigos y cuestiona 'un eje esencial' del legado del escritor de 'Cuentos de barro', 'Cuentos de cipote' y 'Oyarkandal'. Otra arista de un debate que nutre e invita a la revisión de la tradición literaria salvadoreña.


Es un procedimiento con mucho fraude, increíblemente fraudulento [que el pensamiento crítico del siglo XXI creerá a la letra, aun si yo] no pretendo defender la autenticidad de estos recuerdos [en] el relato disimulado y alterado por completo. Salarrué
A treintainueve años de Catleya luna (1974) de Salarrué, interrogo un eje esencial de su legado. Sólo un temor al pensamiento crítico presupone que ideas obsoletas permanecen vigentes en el siglo XXI. “Los Izalco son atlantes que guiados por deidades de “mi yo mitológico” se lanzan a la revuelta del 32”.
La introspección poética sustituiría la investigación científica. La memoria personal reemplazaría los archivos nacionales. El rostro del otro se corresponde a la imagen que el “yo astral” posee de él. El logos indígena lo “proyecta” la actividad espiritual del artista en su trascendencia creadora.
Cambia la tecnología; cambia la situación política y el planeta se recalienta. Empero las ideas de antaño permanecen inmutables. El pensamiento de la figura paterna difunta sigue vivo en la conciencia de sus hijos, nosotros, quienes lo interiorizamos.
En nosotros, su reencarnación presente, viven los muertos. A continuación, se discute una vertiente de ideas perpetuas que se heredan de los muertos: el otro en lo mismo o la diferencia al interior mismo del sujeto que habla.
I. El afluente eterno
Un afluente esencial de la Catleya luna expone la reducción del otro a lo mismo. El artista revierte el proceso generativo e “inventa” a la mujer. “¡Tú eres una mujer de carne y hueso!…yo te inventé a ti poco a poco”. Entretanto, el hombre blanco letrado moldea al indígena náhuat-pipil a su imagen y semejanza.
En su espiritualidad suprema, la literatura revierte la biología bruta para imaginarse útero mental masculino que engendra a la mujer y al indígena. Sólo un hombre “francamente blanco” puede ser “francamente independiente” al crear el mundo (La sed de Sling Bader, 1971).
Se le llame lo mismo o el espíritu, la diferencia queda anulada bajo el imperio del soberano: el “yo mitológico”. Aquello que se sitúa sobre lo rastrero asciende en su espiritualidad astral gracias a lo que absorbe, el otro. La totalidad del yo se recrea gracias “al indio adentro” que el letrado moldea según su creencia.
I. El otro en lo mismo
El testimonio astral de Salarrué consiste en negar la diferencia con argumentos del siglo XIX. Hacia la segunda mitad del siglo XX, Catleya luna contradice la filiación yuto-nahua del náhuat-pipil al convertir a los indígenas en predecesores del escritor.
Si el autor se imagina que procede de la Atlántida, el indígena sería su antecesor directo por un origen común. Pese a la conciencia racial que los distingue —“sub-raza(s) de la raza atlante”— ambos provienen del mismo sitio histórico.
A la vez que la imaginación poética sustituye la ciencia antropológica, el siglo XXI eleva tal “fraude” al estatuto de identidad nacional. El compromiso del intelectual consiste en callar los errores históricos de sus ancestros. Por una “vibración de amor” hacia mi padre difunto, encubro sus equivocaciones e las enseño como dogmas de fe.
En la “región de Tlapallan (La Tierra del Arco Iris) y a raíz del destronamiento de las dinastías aztecas, allá por el siglo XI, el gran Topilzin Axil funda y gobierna el Señorío de Cuzcatlán. Topilzin Axil, gran sacerdote y gran rey a la vez, volvía desde la tercera Tulán […] a la primitiva Tulán del Güija, la semi legendaria, pues [el] origen de los Toltecas-Nahoas, existió en un Oriente que los historiadores (ignorantes de las fuentes iniciáticas) consideran mítico, cuando en verdad era el centro original Tolteca de la antigua Atlántida y los Toltecas (esparcidos por todo el mundo) sólo eran la tercera sub-raza de la cuarta raza humana, la raza atlante, de donde derivan todos los indios americanos”.
No sólo se trata de inventar un “génesis” náhuat-pipil legendario sin archivos originales. Se trata de negar las fuentes históricas y el progreso de la antropología reciente en nombre de la teosofía y sus “fuentes iniciáticas”.
No interesa que los náhuat-pipiles lleguen a El Salvador antes que los aztecas lo hagan al altiplano central mexicano. Tampoco interesa que los mexicas aún no lleguen a ese altiplano hacia “el siglo XI”, sino dos siglos después (“en 1496 los aztecas era un grupo subyugado”, León-Portilla).
Menos aún interesa que las migraciones yuto-nahuas ocurran de norte a sur, por lo cual Güija no sería la cuna “primitiva”. Interesa falsificar las ciencias sociales para “entronar” la introspección como fuente primaria de la historia. La evidencia del pasado no la sustentan los archivos nacionales. La verifica la memoria acomodaticia del autor. Su “yo mitológico” es el Archivo General de la Nación.
II. El mismo en el 32
Esta invención afecta incluso la denuncia tardía de la “matanza” de 1932, la cual se publica cuarenta años después (1972). Las presuntas divinidades pipiles que, en su cosmogonía, guían los indígenas a la revuelta, Salarrué las traspone de sus lecturas de la mitología náhuatl-mexicana.
El verdadero contexto social de este “fraude, increíblemente fraudulento” no lo enmarcan los sucesos sociales de 1932. Lo encuadra la propia biblioteca de Salarrué. La novela es una literatura auténtica, es decir, letra que transcribe otra letra original. Por una “forma arbitraria de crear”, el conocimiento enciclopédico del autor se “proyecta” hacia su “yo” indígena. Hacia el otro en lo mismo.
Las lecturas de fuentes náhuatl-mexicanas y quiché-guatemaltecas testimonian de la “tragedia de los Izalco”. La cosmogonía náhuat-pipil, el autor la calca del altiplano central mexicano. Por tal razón aparece la “tl” en una lengua que carece de tal sonido.
A falta de documentos pipiles, la evidencia náhuatl-mexicana llena el vacío en la memoria de Salarrué. Figuran “Tlaloc y Chalchiutlicueye” en el “Tlalocán”, al igual que los “Cenzón-Huitznahuas” en el Mictlán”, Quetzalcoatl, Tezcatlipoca, Camaxtli (deidad tlaxcalteca), etc. (ojo: no corrijo los errores ortográficos del autor que saltan a la vista).
Para completar el cuadro náhuatl-mexicano, los náhuat-pipiles se vuelven maya-yucatecos a veces, quiché en otras ocasiones. Para ello, el autor inventa que una figura inmortal —Topilzín— “funda a la ciudad de Mayapán […] Chichén-Itzá […] hasta llegar a Cuscatlán” (ojo: el término Topiltzin designa un cargo político-religioso más que una persona. La confusión cargo-persona equivaldría a afirmar que el Papa actual es el mismo San Pedro, en vez de ser su representante actual en la Tierra).
El “Avatar” indígena recorrería casi toda la Mesoamérica prehispánica, “hacia el año mil”, diseminando sus enseñanzas herméticas tal cual el culto al yucateco “Itzama”, confundido con la chichimeca “Itzpapalotl”, de Cuauahtitlán. La mescolanza arbitraria de mitologías se le atribuye a los pipiles, como si su sino —referido en náhuatl-mexicano, cacaxtle, “madero, leño, armazón”— predestinara la revuelta. Por tal enredo de símbolos, no extrañará que los náhuat-pipiles conozcan el Popol Vuh del altiplano guatemalteco. Adoren a “Kukulcán”, a “Kabrakán”, etc.
Ya se argumentará que los “nombres extraños” sólo representan “la vestidura”, un disfraz”; pero “las almas con sus atributos y ejecutivas son las mismas”. Por tanto, para explicar un hecho social, étnico, que sucede en El Salvador, las mejores fuentes primarias son las extranjeras. Hay que confundir las lenguas y las mitologías ajenas para entender lo propio.
Aquellos archivos que se codifican en idiomas jamás hablados en el país testimonian lo náhuat-pipil desconocido: atlante, náhuatl-mexicano (mexica, tlaxcalteca, etc.), quiché, maya-yucateco. Todo fin nacionalista justifica los medios que Salarrué llama “fraudulentos”, al inventar el pasado (1932) a guisa del presente (de Selva roja (1964) a Catleya luna (1974)).
Al igual que el pasado alimenta el presente, el otro sustenta la “busca de mí mismo”. El otro es lo mismo, por quien “emprendí anhelosamente el camino hacia mi propio centro”. El indígena de Salarrué es él mismo desdoblado. Es “el indio adentro”.
III. Coda
Sólo exijo que el siglo XXI sea más riguroso al reclamarse de un pensamiento crítico. Es necesario establecer un cotejo entre las invenciones de un autor —por más grande que sea— y la documentación primaria tachada que testimoniaría del pasado.
Por el instante, el pensamiento crítico nos conduce a la amnesia histórica. Sustituye el archivo nacional por la introspección poética de un sujeto juzgado espiritualmente superior. Su actividad sublime inventa la diferencia a imagen y semejanza de su creencia. Un argumento de poder astral reemplaza la discusión científica razonada.
La hipótesis es simple. En la confusión mítica que inicia la denuncia salarrueriana del 32, la biblioteca mesoamericana del autor enmarca la tradición oral de los Izalco.

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